Durante muchos años escuché una idea que parecía indiscutible.
Argentina debía ser un país industrial.
Al mismo tiempo, circulaba otra explicación que acompañaba esa idea: existía un complot internacional para impedirlo. Según esa mirada, especialmente Estados Unidos buscaba que Argentina fuera solamente un país agroexportador.
Ese argumento se repitió durante décadas y quedó instalado en el imaginario colectivo.
Si no éramos una potencia industrial, era porque alguien desde afuera no lo permitía.
Pero con el paso del tiempo empecé a observar algo distinto.
Cuando algunos sectores de la economía comenzaron a competir con el exterior o cuando se abrieron licitaciones internacionales, aparecieron datos que antes no eran tan visibles.
En algunos casos se vieron diferencias significativas de precios entre productos locales y productos importados. También hubo declaraciones públicas de empresarios reconociendo márgenes de rentabilidad muy superiores a los habituales en mercados internacionales comparables.
No necesariamente se trata de mala fe.
Se trata de otra cosa.
Durante muchas décadas, parte de la industria argentina operó en un mercado protegido. Con aranceles, restricciones a la importación o barreras regulatorias, el mercado interno quedaba relativamente cerrado a la competencia externa.
En ese contexto, competir era más fácil.
En lenguaje coloquial, algunos lo describen de una forma muy gráfica: cazar en el zoológico.
El problema aparece cuando ese zoológico se abre.
Entonces surge una pregunta más profunda.
¿Tiene sentido que un país intente producir absolutamente todo?
Cuando uno observa la economía mundial, la respuesta parece ser no.
Los países no producen todo. Producen aquello donde son más eficientes.
Holanda, por ejemplo, es un país pequeño, pero logró una economía muy fuerte apoyándose en logística global a través del puerto de Rotterdam, una agricultura altamente tecnificada, la industria química y el refinado de petróleo, además de sectores tecnológicos avanzados.
Chile construyó gran parte de su economía sobre la minería, especialmente el cobre.
Uruguay desarrolló una fuerte especialización en producción agropecuaria y alimentos.
Singapur se convirtió en un centro global de comercio, logística y servicios financieros.
Ninguno de estos países intenta fabricar cada producto que consume.
Se especializan.
Producen lo que hacen mejor.
Importan lo que otros hacen mejor.
Si uno mira el mapa argentino con esa lógica, aparecen muchas fortalezas evidentes.
Argentina tiene una enorme capacidad agropecuaria.
Tiene recursos energéticos importantes como petróleo y gas.
Posee minerales valiosos en la cordillera.
Tiene regiones con enorme potencial turístico.
Tiene condiciones naturales particulares, como el frío de la Patagonia, que incluso podría aprovecharse para infraestructura tecnológica como centros de datos.
También conserva capital humano valioso en áreas técnicas y científicas. El país ha demostrado capacidad en desarrollos complejos como la tecnología satelital.
Tal vez el desafío no sea forzar una industrialización generalizada.
Tal vez el desafío sea mirar el país con otra pregunta.
¿En qué actividades Argentina puede ser realmente competitiva?
Cada provincia podría analizar sus propios recursos.
En algunos lugares la minería puede ser la actividad central.
En otros el turismo.
En otros la energía solar.
En otros la producción de alimentos de alta calidad para exportación.
Incluso en productos aparentemente pequeños puede haber oportunidades interesantes. Un frasco de mermelada artesanal patagónica ocupa mucho menos espacio logístico que un automóvil, pero puede tener un margen de exportación atractivo.
A veces los países se desarrollan más cuando dejan de luchar contra sus debilidades y empiezan a aprovechar sus fortalezas.
En ese camino hay un elemento clave: la infraestructura.
Argentina es un país enorme. Conectar eficientemente sus regiones podría transformar muchas actividades económicas.
El transporte ferroviario, por ejemplo, es más eficiente y económico para cargas en largas distancias que el transporte por camión.
Un sistema ferroviario moderno que conecte el país podría mejorar la logística productiva y también potenciar el turismo interno e internacional.
Tal vez el cambio que Argentina necesita no sea simplemente económico.
Tal vez sea conceptual.
Pasar de la idea de que un país fuerte es el que produce todo, a una idea más simple:
un país fuerte es el que produce bien aquello en lo que realmente es competitivo.