Alguien le preguntó una vez a un rabino algo que muchas personas sienten, pero pocas se animan a decir en voz alta.

—Rabino, usted dice que cuando uno descubre su propósito debe actuar en consecuencia.
Pero hay un problema: muchas veces ese propósito no alcanza para vivir.

El rabino escuchó la pregunta con calma y respondió algo que, en la tradición judía, es bastante conocido.

Las personas suelen confundir dos cosas distintas.

Una es la parnasá, el sustento, el canal por donde llega el dinero que permite vivir.
La otra es la misión, aquello para lo que el alma siente que vino al mundo.

A veces ambas cosas coinciden.
Hay quienes logran vivir exactamente de aquello que sienten como su propósito.

Pero muchas veces no sucede así.

Hay trabajos que sostienen la vida material, y misiones que le dan sentido a la vida interior.
Y no siempre nacen en el mismo lugar ni al mismo tiempo.

El consejo del rabino fue sencillo:

No abandones tu sustento, pero tampoco abandones tu propósito.

El sustento mantiene la vida.
El propósito le da dirección.

Con el tiempo, a veces ambos caminos se encuentran.

Pero incluso cuando no ocurre, ambos siguen siendo necesarios.

Porque vivir solamente del sustento puede vaciar el sentido de la vida.

Y perseguir solamente el propósito, olvidando el sustento, puede hacer imposible sostenerla.