Hay cosas que uno hace sin pensarlas demasiado.
Gestos mínimos. Automáticos.
Tan chicos… que uno cree que no dejan huella.
Durante años repetí una rutina cada mañana.
Siempre igual. Sin intención. Sin estrategia.
Hasta que un día, mucho tiempo después, alguien me frenó en la calle.
Me dijo que había algo mío que nunca se había olvidado.
No fue una decisión importante.
No fue un logro.
No fue un cargo.
Fue otra cosa.
Algo que yo ni siquiera recordaba haber hecho.
Ahí entendí algo incómodo:
a veces lo que más marca a otros… es justamente lo que para uno no significaba nada.
Y eso te obliga a preguntarte:
¿qué estás dejando en los demás… sin darte cuenta?