Hace más de cuarenta años, Yuri Bezmenov, un exagente soviético que desertó a Occidente, hablaba de un concepto que llamaba desmoralización.

No se refería simplemente a una sociedad triste, derrotada o pesimista.

Hablaba de algo más profundo: una sociedad que, poco a poco, deja de creer en sí misma.

Según Bezmenov, una nación podía debilitarse mucho antes de sufrir una crisis económica, política o militar. Bastaba con que comenzara a perder confianza en su historia, en sus instituciones, en sus valores y en aquello que durante generaciones había considerado digno de ser defendido.

Su planteo pertenecía al contexto de la Guerra Fría y estaba relacionado con las técnicas de subversión ideológica soviéticas.

Pero su idea plantea una pregunta que sigue siendo interesante hoy.

Europa y su transformación

Durante las últimas décadas, Europa atravesó uno de los procesos de transformación cultural más profundos de su historia.

La integración continental redujo fronteras.

La globalización conectó economías y sociedades.

La secularización disminuyó enormemente el peso de la religión en buena parte del continente.

La inmigración modificó la composición cultural de muchas ciudades.

Y, al mismo tiempo, los europeos comenzaron a revisar críticamente numerosos capítulos de su propia historia.

Colonialismo.

Guerras.

Imperialismo.

Esclavitud.

Fascismo.

Persecuciones religiosas.

Antisemitismo.

Esa revisión histórica es necesaria.

Una sociedad madura debe ser capaz de reconocer sus errores.

El problema aparece cuando el análisis crítico deja de ser una herramienta para comprender el pasado y comienza a convertirse en una incapacidad para reconocer aquello que ese mismo pasado produjo de valioso.

Porque Europa también fue otra cosa.

Fue filosofía griega.

Derecho romano.

Universidades medievales.

Renacimiento.

Revolución científica.

Ilustración.

Literatura.

Arte.

Música.

Democracia liberal.

Derechos individuales.

Grandes avances científicos y tecnológicos.

Una civilización no debería necesitar elegir entre estas dos historias.

Ambas forman parte de ella.

El paralelismo con Bezmenov

Aquí aparece el punto interesante.

No podemos afirmar que exista una conspiración destinada a destruir culturalmente Europa.

Hacerlo sin pruebas sería irresponsable.

Tampoco significa que la globalización, la inmigración, la secularización o la integración europea formen parte de un supuesto plan.

Las causas de estas transformaciones son múltiples, complejas y muchas veces perfectamente visibles.

Pero eso no impide observar un paralelismo.

Bezmenov advertía sobre sociedades que podían llegar a un punto en el cual sus ciudadanos dejaran de sentir orgullo por aquello que habían heredado.

Y algunas tendencias culturales actuales permiten formular una pregunta incómoda:

¿Puede una sociedad terminar espontáneamente en el mismo lugar que Bezmenov describía, aunque nadie lo haya planificado?

Tal vez ese sea el verdadero valor de su advertencia.

No como teoría conspirativa.

Sino como advertencia cultural.

Criticar no significa despreciar

Existe una diferencia enorme entre decir:

“Mi país cometió errores.”

y decir:

“Mi país es un error.”

Existe una diferencia entre estudiar críticamente la historia y sentir vergüenza permanente de ella.

Entre reconocer injusticias y concluir que nada de lo heredado merece ser conservado.

Una sociedad culturalmente sólida debería poder decir:

Nuestros antepasados hicieron cosas extraordinarias y también cosas terribles. Debemos conocer ambas.

Sin convertirlos en santos.

Pero tampoco en monstruos.

Porque cuando una generación deja de encontrar algo valioso en aquello que recibió de la generación anterior, aparece una pregunta inevitable:

¿qué va a transmitir a la siguiente?

Una Europa sin raíces

Durante mucho tiempo, la construcción europea buscó superar los nacionalismos que habían llevado al continente a guerras devastadoras.

Era una aspiración comprensible.

Crear una identidad europea más amplia podía ayudar a evitar que franceses, alemanes, italianos, españoles o británicos volvieran a enfrentarse como enemigos.

Pero existe una diferencia entre ampliar una identidad y reemplazarla.

Una persona puede sentirse europea sin dejar de sentirse francesa.

Puede sentirse cosmopolita sin dejar de valorar la historia de su país.

Puede convivir con otras culturas sin abandonar la propia.

Puede respetar otras religiones sin despreciar la tradición religiosa que moldeó durante siglos la sociedad en la que vive.

La diversidad no necesita exigir amnesia.

El peligro del vacío

Las identidades colectivas tienen una característica particular.

Cuando desaparecen, rara vez dejan un espacio vacío durante mucho tiempo.

Algo termina ocupándolo.

Una ideología.

Una religión.

Una identidad política.

Una identidad étnica.

Una identidad cultural nueva.

Por eso quizá el verdadero problema no sea preguntarnos si Europa conservará exactamente las mismas tradiciones que tenía hace cien años.

Eso sería imposible.

Las sociedades cambian.

La pregunta más importante es otra:

¿qué elementos de su historia considera Europa suficientemente valiosos como para transmitirlos a quienes vienen después?

Porque una civilización capaz de criticar sus errores es una civilización fuerte.

Pero una civilización incapaz de encontrar algo digno de defender en su propia historia comienza a enfrentar otro problema.

Ya no se trata de quién quiere destruirla.

Se trata de si todavía cree que merece continuar.