Después de la Batalla de Tucumán, Manuel Belgrano no se quedó quieto. La victoria del 24 de septiembre de 1812 había frenado el avance realista y había demostrado algo enorme: la patria podía resistir. Pero resistir no alcanzaba. Había que avanzar. El 20 de febrero de 1813, en la Batalla de Salta, Belgrano y el Ejército del Norte volvieron a enfrentar a las fuerzas realistas. Esta vez, la victoria confirmó que lo ocurrido en Tucumán no había sido un golpe de suerte, sino una señal de carácter, decisión y estrategia. Salta fue más que una batalla. Fue el paso siguiente de una causa que todavía no tenía independencia declarada, pero que ya estaba siendo defendida con hechos. Primero Tucumán dijo: “no retrocedemos”. Después Salta respondió: “ahora avanzamos”. Y en ese camino, con sacrificio, cansancio y coraje, se fue preparando la historia que años más tarde llegaría al 9 de Julio de 1816. Porque la Independencia no nació de un solo día. Se fue construyendo batalla a batalla, decisión a decisión, con hombres que entendieron que la libertad no se espera sentados. Se defiende. Y también se empuja hacia adelante.