El pequeño contra el gigante

Un ejército paralizado

Los israelitas y los filisteos estaban frente a frente.
Entre ambos ejércitos apareció Goliat, un guerrero filisteo de tamaño imponente, fuertemente armado y experimentado en combate.
Día tras día desafiaba a los israelitas:
que eligieran a un solo hombre para enfrentarlo.
El vencedor decidiría simbólicamente el destino de ambos pueblos.
Pero nadie quería aceptar el desafío.
El tamaño de Goliat no solamente dominaba el campo de batalla.
También había comenzado a dominar la mente de quienes lo observaban.


Llega un pastor

David no había ido al campamento buscando gloria.
Era un joven pastor que llegó para llevar alimentos a sus hermanos, quienes formaban parte del ejército de Israel.
Allí escuchó el desafío de Goliat.
Y vio algo que los demás parecían haber dejado de ver.
Todos observaban el tamaño del gigante.
David empezó a preguntarse por qué nadie lo enfrentaba.
Mientras los demás veían una amenaza imposible, él veía un desafío.


Nadie cree que pueda hacerlo

David decidió presentarse ante el rey Saúl.
Quería enfrentarse a Goliat.
La propuesta parecía absurda.
David era joven.
Goliat llevaba años entrenándose para la guerra.
Saúl intentó explicarle que no estaban en igualdad de condiciones.
Pero David recordó algo importante.
Como pastor había tenido que defender sus animales frente a leones y osos.
No era un guerrero profesional.
Pero tampoco era alguien que nunca hubiera enfrentado el peligro.


Rechazar la armadura

Saúl ofreció a David su propia armadura.
Era la respuesta lógica.
Si iba a enfrentarse a un guerrero, debía parecerse a un guerrero.
Pero David intentó moverse con ella y comprendió que no podía combatir así.
La armadura pertenecía a otra persona.
La estrategia también.
David decidió quitársela.
Tomó aquello que conocía: su cayado, su honda y cinco piedras lisas recogidas de un arroyo.
No intentaría vencer a Goliat convirtiéndose en una versión más pequeña de Goliat.
Pelearía siendo David.


El momento decisivo

Goliat vio acercarse al joven y lo despreció.
Esperaba un guerrero.
Frente a él tenía un muchacho sin espada ni armadura.
Pero esa aparente debilidad ocultaba la ventaja de David.
No necesitaba acercarse.
Colocó una piedra en su honda.
Corrió hacia el enfrentamiento.
Giró la honda y lanzó.
La piedra golpeó a Goliat en la frente.
El gigante cayó al suelo.
En unos segundos, una batalla que parecía desigual había cambiado por completo.


El gigante cae

David se acercó al guerrero caído.
El hombre que había mantenido paralizado a todo un ejército estaba ahora en el suelo.
Los filisteos, al ver derrotado a su campeón, huyeron.
El resultado no había surgido de igualar la fuerza del adversario.
David nunca fue más fuerte que Goliat.
Simplemente evitó combatir bajo las condiciones en las que Goliat era superior.
Y aquello que parecía una desventaja terminó convirtiéndose en la clave de la victoria.


Qué cambió después

La victoria sobre Goliat transformó la vida de David.
Dejó de ser solamente un joven pastor desconocido y comenzó un camino que, según el relato bíblico, terminaría llevándolo a convertirse en rey de Israel.
Pero la historia también produjo algo mucho más duradero.
David y Goliat se convirtieron en un símbolo universal.
Todavía hoy utilizamos sus nombres para describir enfrentamientos entre alguien aparentemente pequeño y un adversario enormemente superior.


Reflexión

David contra Goliat suele interpretarse como la historia de un pequeño que consiguió derrotar a un gigante.
Pero quizá contiene una enseñanza todavía más interesante.
David no venció porque ignorara sus limitaciones.
Venció porque comprendió cuáles eran sus verdaderas capacidades.
Desde una mirada cercana a Jung, podríamos pensar que algunos gigantes crecen dentro de nuestra propia percepción.
Cuanto más los contemplamos desde el miedo, más invencibles parecen.
David hizo algo diferente.
No intentó transformarse en aquello que temía.
No utilizó la armadura de Saúl.
No trató de convertirse en un guerrero pesado para combatir a otro guerrero pesado.
Utilizó aquello que sabía hacer.
Y desde la tradición bíblica aparece además el elemento central de su confianza: David entiende que no está luchando únicamente por sí mismo y que su acción está vinculada con algo que considera superior a él.
Tal vez ahí se encuentre una de las enseñanzas más poderosas de esta historia:
frente a un gigante, nuestra primera tarea no siempre es volvernos más grandes.

A veces es descubrir qué tenemos nosotros que el gigante no tiene.