Cuando en la empresa dijeron que necesitaban un cadete, levanté la mano casi sin pensarlo.

—Tengo a alguien.

Se llamaba Martín. Estaba sin trabajo desde hacía meses y tenía esa energía inquieta de los que no saben quedarse quietos. Aprendía rápido, antes de que uno terminara de explicar, y se quedaba pensando un segundo más después de cada indicación, como acomodando la idea en su cabeza. Siempre creí que podía aspirar a algo más que repartir sobres y hacer trámites, pero necesitaba empezar por algún lado.

Lo entrevistaron un martes. El jueves ya estaba trabajando.

Los primeros meses fueron buenos. Llegaba temprano y, si hacía falta, se iba último. Si había que cruzar la ciudad bajo la lluvia, volvía empapado pero sin quejarse. Traía siempre el mismo bolso gastado y lo apoyaba debajo del escritorio como si ya fuera parte del lugar.

Al mediodía nos sentábamos en una mesa chica del comedor y abríamos los tuppers. A veces traía milanesas de su madre; yo llevaba lo que había preparado la mía. Hablábamos de proyectos, de ideas, de cómo algún día podría meterse en sistemas. Escuchaba con atención, haciendo preguntas que no eran urgentes, pero sí precisas.

Yo trabajaba en ese sector y tenía demasiado encima. La posibilidad de que se sumara me aliviaba incluso antes de concretarse.

Un viernes por la tarde Laura, mi jefa, me llamó a su oficina.

—Estamos viendo de pasarlo a tu área —me dijo—. No ahora. Pero pronto. Lo estamos evaluando.

Salí con una sensación liviana, como si el trabajo ya se hubiera repartido un poco.

A la semana siguiente lo llamaron y le comentaron la posibilidad.

Ese mismo mediodía se sentó frente a mí con una sonrisa distinta, más tensa. Abrió el tupper pero no empezó a comer.

—¿Te dijeron algo más? —preguntó.

—No —le respondí—. Vos seguí como venís. Lo demás va a llegar.

Asintió, pero ya no estaba del todo ahí.

Con los días empezó a cambiar algo mínimo. Las entregas se demoraban. Algún trámite quedaba a mitad de camino. Volvía más seguido al sector sin tener algo concreto que buscar.

Cada mañana aparecía la misma pregunta:

—¿Sabés cuándo me pasan?

Yo negaba con la cabeza.

Una tarde lo vi apoyado contra la pared del pasillo, mirando fijo la puerta del sector de sistemas. No esperaba a nadie. No tenía papeles en la mano. Miraba la puerta como si fuera cuestión de tiempo, como si en cualquier momento fuera a abrirse para él.

La noticia llegó un lunes.

Lo habían desvinculado.

Laura fue directa: el rendimiento había bajado.

Cuando me lo contó, Martín no levantó la voz.

—Pensé que ya estaba ahí.

No discutió ni pidió explicaciones. Guardó sus cosas con movimientos tranquilos, como si todavía no terminara de acomodar la idea.

Años después nos reencontramos en un café. Tenía más canas, menos apuro.

—Me ganó la ansiedad —me dijo—. Empecé a vivir en el puesto nuevo y descuidé el que tenía.

Revolvió el café un rato largo y después cambiamos de tema.

Desde entonces, cada vez que paso por un pasillo y veo una puerta cerrada, recuerdo a Martín apoyado contra la pared, mirándola.