Tenía entre quince y dieciséis años cuando llegó a mis manos un catálogo.
No era de ropa ni de música.
Era de computadoras.
O, mejor dicho, de microcomputadoras.
Hoy suena extraño decirlo, pero en ese momento aquellas máquinas tenían apenas cuarenta y ocho kilobytes de memoria y los programas se cargaban con una casetera.
Algunos lectores sabrán exactamente de qué hablo.
Otros, quizás, lo buscarán en Google.
En esa época yo hacía changas.
Nada extraordinario.
Lo normal para un chico de esos años.
Trabajos chicos, simples, que no tenían que ver con explotación ni con urgencias económicas, sino con aprender el valor del esfuerzo y la recompensa.
Junto con mi hermano juntamos el dinero y compramos una de esas máquinas.
Una Sinclair Spectrum.
Un teclado negro, compacto, que llevaba adentro todo lo necesario para interpretar el lenguaje BASIC.
Se conectaba al televisor y, de pronto, la pantalla del living se transformaba en otra cosa.
A veces venían amigos a casa.
Jugábamos.
Sí, también tenía juegos.
Me divertía un rato, pero no demasiado.
Al poco tiempo me aburría.
Lo que de verdad me atrapaba era otra cosa: programar.
Escribir líneas de código.
Probar.
Equivocarme.
Volver a intentar.
Recuerdo haberme hecho una pregunta que, en ese momento, no sabía responder:
¿para qué me va a servir todo esto?
No lo decía con angustia.
Lo decía con curiosidad.
No veía un destino claro.
No había un plan.
Pero algo dentro mío insistía.
Una fuerza silenciosa que me empujaba a seguir, aunque no supiera hacia dónde.
Con los años me pasó algo parecido con la lectura.
Primero con la científica.
Después con la historia.
Leía y, a veces, volvía a preguntarme lo mismo:
¿para qué leo esto?
¿en qué me va a servir?
No siempre tenía una respuesta.
Y, sin embargo, seguía.
Hace poco tiempo empecé a escuchar a un cabalista, Mario Sabán.
En una de sus charlas dijo algo que me golpeó directo en la memoria, como si hubiera estado esperando esas palabras desde hacía décadas.
Dijo que el ser humano tiene dos propósitos.
Uno universal, inherente a todos.
Y otro personal, único, aquello para lo que cada uno viene a hacer en este plano.
El propósito personal puede ser curar, enseñar, crear, acompañar.
Depende de cada historia.
Pero el propósito universal —dijo— es aprender.
Aprender es lo que nos iguala.
Aprender es lo que nos atraviesa a todos.
Mientras lo escuchaba, sentí que muchas escenas dispersas de mi vida empezaban a ordenarse.
No como una revelación espectacular.
Como una comprensión tranquila.
Sin saberlo, desde muy joven, había estado cumpliendo ese propósito.
No porque fuera especial.
Sino porque algo en mí siempre fue hacia ahí.
Aprender antes de saber para qué.
Leer sin garantías.
Explorar sin un mapa claro.
Hoy entiendo que no todo aprendizaje necesita una utilidad inmediata.
Algunos se siembran y esperan.
Y tal vez esa sea una de las enseñanzas más profundas que me dejó el tiempo:
no todo lo que nos forma se explica en el momento.
Hay aprendizajes que solo revelan su sentido muchos años después, cuando la vida encuentra la forma de unir los puntos.
No como destino.
Como coherencia.