Con el tiempo empecé a notar algo que se repetía, no solo en las teorías conspirativas, sino en la forma en que los seres humanos construimos sentido.
Buscamos símbolos en los otros.
Les cargamos significados.
Y, a partir de ahí, justificamos lo que ya queremos pensar.
Cada tanto volvía a mí la misma pregunta:
¿por qué tanta persecución?
¿Qué había ahí que despertaba semejante ensañamiento?
No era una pregunta académica.
Era una inquietud que aparecía en silencio, como esas ideas que no se resuelven, pero tampoco se van.
En una de esas búsquedas encontré una explicación que circulaba desde hacía tiempo:
el número 666.
El llamado número del anticristo.
El número de la imperfección repetida tres veces.
Según esa lectura, el seis era lo incompleto.
Y el siete, en contraste, el número de Dios, de Jesús, de la perfección espiritual.
La teoría avanzaba un paso más:
la estrella de David tiene seis puntas.
Ahí, decían, estaba la prueba.
El vínculo satánico.
La confirmación simbólica de todo lo que querían creer.
Recuerdo haber leído eso con incomodidad.
No tanto por el contenido, sino por la facilidad con la que se trazaban esas líneas.
Como si bastara unir dos símbolos para construir una condena.
Ese dato quedó guardado en algún cajón de la memoria.
No como certeza.
Como ruido.
Pasó el tiempo.
Y un día, escuchando hablar a un rabino, algo se acomodó.
No fue una refutación.
Fue una explicación.
Dijo que el seis representa el mundo material.
Lo terrenal.
Las seis direcciones del espacio: arriba, abajo, norte, sur, este y oeste.
La creación humana en su dimensión concreta.
El siete, explicó, simboliza la espiritualidad.
El descanso.
El Shabat.
La santidad que emerge dentro de la creación.
Y el ocho —agregó— representa lo que trasciende el orden natural.
Lo que va más allá.
La conexión directa con Dios.
Mientras lo escuchaba, sentí algo familiar.
No sorpresa.
Reconocimiento.
El judaísmo ya había pensado esos números.
Los había interpretado.
Los había integrado a una cosmovisión mucho antes de que alguien necesitara convertirlos en acusación.
Ahí entendí algo que me llevó años formular con claridad:
cuando alguien quiere construir una conspiración, no crea símbolos nuevos.
Los toma prestados.
Los fuerza.
Los acomoda hasta que encajen con su miedo.
Usa números.
Usa formas.
Usa palabras antiguas.
Cualquier cosa sirve si ayuda a justificar una idea previa.
No se trata de verdad.
Se trata de coherencia interna.
Ese día, aquella explicación no desarmó una teoría.
Desarmó un mecanismo.
Comprendí que muchas de las acusaciones que había escuchado no nacían del estudio ni del conocimiento profundo, sino de la necesidad de señalar.
De poner afuera lo que inquieta adentro.
El símbolo no era el problema.
El problema era el uso que se hacía de él.
Y esa comprensión —lenta, sin estridencias— fue otra capa que se acomodó en mi forma de mirar.
No como conclusión.
Como madurez.