Tenía nueve años cuando mi madre dijo, casi al pasar:
—Este año empezás catequesis.
No fue una pregunta. Tampoco una explicación.
Lo dijo mientras acomodaba algo en la cocina, como quien recuerda pagar una boleta o llevar el auto al mecánico. Yo asentí con la cabeza. A esa edad uno asiente mucho, incluso cuando no entiende qué está aceptando.
Mi padre estaba sentado a la mesa, leyendo el diario. No levantó la vista.
La comunión era eso: algo que tocaba. Una estación obligatoria en la infancia, como aprender a andar en bicicleta o sacarse la primera muela.
No recuerdo haber ido a misa antes de ese año. Si lo hice, no dejó marca. Y las cosas que no dejan marca suelen ser las que nunca terminan de entrar.
El primer recuerdo nítido es la foto.
Un estudio pequeño, con olor a químicos y tela vieja. El fotógrafo, un hombre serio llamado Ernesto, me acomodó en una silla alta y giró mi hombro apenas hacia la luz.
—Quedate quieto —me dijo—. Mirá acá.
Detrás de mí había un fondo de lienzo, prolijo, neutro. Nada distraía.
Yo estaba vestido como alguien que no era. Zapatos lustrados, camisa blanca, el pelo peinado con una raya que no usaba nunca. Me sentí disfrazado, pero no supe ponerle nombre a esa sensación.
Después vinieron las tarjetitas. Mi madre las ordenaba con cuidado sobre la mesa del comedor. Eran gruesas, con relieve. Invitaban a la familia a “acompañar” mi primera comunión. Todo era correcto. Todo estaba en regla.
Los sábados iba a catequesis. La iglesia me parecía enorme y fría.
La catequista se llamaba Marta. Tenía voz suave y una paciencia entrenada. Nos hablaba de Jesús, de sus discípulos, de lo que estaba bien y de lo que estaba mal. Yo la escuchaba, pero algo en mí se quedaba siempre un paso atrás, como si llegara tarde a una conversación que los demás ya entendían.
Los domingos era la misa.
—Acordate que tenés que ir —decía mi madre—. Después te toman lista.
Y nos la tomaban. Como en la escuela.
Si no ibas, se notaba.
En la misa había un momento que me desconcertaba más que el resto. El sacerdote decía una frase y, de pronto, todos empezaban a besarse en la mejilla.
—La paz sea contigo.
Yo estiraba la cara, recibía el beso, devolvía el gesto. Me parecía una coreografía ensayada. No sentía paz, pero nadie preguntaba eso.
En catequesis había un árbol de papel pegado en la pared. Cada semana colgábamos pequeños papelitos con actos de bondad. “Ayudé a mi abuela”, “ordené mi cuarto”, “no contesté mal”.
Recuerdo mirar ese árbol y pensar que la bondad, colgada así, se parecía demasiado a una tarea aprobada.
Una mañana Marta me avisó que iba a ser monaguillo.
—Te va a tocar ayudar al padre José —me dijo, sonriendo—. Es un honor.
El domingo me puse la túnica blanca. Me quedaba grande.
El padre José me explicó rápido qué tenía que hacer, pero yo estaba más atento al eco de mis pasos en el altar que a sus palabras.
En un momento levantó la vista y me miró fijo.
Sentí que esperaba algo de mí. No sabía qué. Entonces agarré la campanita y la hice sonar. El tintineo se expandió por la iglesia como una respuesta improvisada.
El padre siguió como si nada.
Yo no.
Me senté después, con las manos transpiradas, preguntándome por qué estaba ahí.
La confesión fue otro capítulo extraño.
Entrar a un espacio pequeño, oscuro, y contarle a un hombre si había insultado a un amigo, si había desobedecido. El padre escuchaba en silencio. Después decía qué rezar. Yo repetía las palabras como quien repite una contraseña sin saber qué puerta abre.
Había cosas que me inquietaban de verdad.
La comunión, por ejemplo. El cuerpo. La sangre. Las palabras resonaban demasiado literales en mi cabeza. Me daban miedo. Nadie parecía inquietarse por eso.
Durante la homilía, el padre José leía un fragmento de la Biblia y lo explicaba. Siempre había una conclusión clara. Demasiado clara.
Yo sentía que algo faltaba ahí. Un espacio para dudar, para quedarse pensando. Pero la misa seguía, puntual, sin detenerse.
Una vez, volviendo a casa, me animé a preguntar:
—Mamá… Jesús era judío, ¿no?
—Sí —me dijo—. Creo que sí.
—Entonces… ¿por qué hay otra religión?
No respondió enseguida. Caminamos unos metros en silencio.
—Son cosas de grandes —dijo finalmente.
Asentí. Otra vez.
Hoy, cuando recuerdo a ese chico —a Daniel, con su túnica larga, la campanita en la mano y más preguntas que palabras— no siento enojo.
Siento una especie de respeto tardío.
Porque, sin saberlo, ya estaba aprendiendo algo importante:
que hay rituales que se cumplen y otros que se habitan.
Y que el silencio, cuando aparece temprano, no siempre es vacío. A veces es intuición esperando tiempo.