Mi memoria no es precisa con las fechas.

No guarda edades exactas ni años cerrados.

Es una memoria emocional: recuerda climas, inquietudes, obsesiones suaves que aparecen sin pedir permiso.

En algún momento de la adolescencia empezó a crecer en mí una intriga persistente.

No era curiosidad escolar ni obligación académica.

Era una necesidad casi silenciosa de entender las guerras.

Me preguntaba por qué se formaban, quiénes luchaban, en qué épocas.

Me atraían las estrategias, la idea de que a veces no ganaba el que tenía más soldados, sino el que pensaba mejor el movimiento siguiente.

Había algo fascinante en cómo una decisión mínima podía torcer el destino de miles.

Pero lo que más me atrapó no fueron los ejércitos.

Fueron las personas.

Descubrí que algunas guerras borraban pueblos enteros.

Que ciertos territorios eran invadidos hasta hacer desaparecer a quienes los habitaban.

Y que, en otros casos, solo cambiaban los gobernantes: los mismos rostros seguían caminando las calles, pero ahora bajo otro poder.

Ahí apareció algo que me inquietó profundamente: las castas.

Gobernantes con un origen, una historia, una legitimidad propia.

Y una población distinta, en raíces y cultura, viviendo a merced de decisiones ajenas.

No siempre sometida por la fuerza, pero casi siempre condicionada por ella.

Fue en ese contexto de preguntas donde llegué a los libros de historia.

Y ahí apareció Isaac Asimov.

Su forma de escribir me atrapó de inmediato.

No explicaba desde arriba.

Narraba.

Leerlo era estar ahí, caminar esas épocas, entender sin esfuerzo lo que otros textos volvían árido.

Tenía una colección extensa, recorría continentes y civilizaciones.

Pero hubo un libro que se detuvo más tiempo en mis manos: La tierra de Canaán.

Ahí volvieron a aparecer ellos.

Otra vez.

Un pueblo originario de Ur, en la Mesopotamia, que migra por hambre.

Que llega a nuevas tierras.

Que va a Egipto.

Que escapa de Egipto.

Que es expulsado por Nabucodonosor y llevado a Babilonia.

Un pueblo que se fragmenta, que se reorganiza, que sobrevive.

Doce tribus que luego quedan reducidas a una.

Una historia de desplazamientos constantes, de pertenencias siempre en tensión.

Y en ese recorrido, otra revelación que me descolocó:

Jesús era judío.

No como dato anecdótico, sino como hecho central.

Un judío que transmitía sabiduría, que enseñaba desde su tradición, que hablaba de la Torá a quienes no eran judíos.

Con el tiempo entendí algo que nadie me había explicado con claridad:

Jesús no creó el catolicismo.

Eso ocurrió mucho después, siglos después.

Alrededor de trescientos años más tarde.

Ese dato, simple y contundente, acomodó muchas piezas sueltas.

No de golpe, pero sí con firmeza.

Empecé a notar conexiones que antes no veía.

La relación particular que este pueblo tenía con Dios.

Lo había escuchado en catecismo, casi de pasada.

Lo confirmé después, ya más grande, al acercarme a una sinagoga.

Jesús era judío.

Murió como judío.

Fue perseguido y ejecutado como tantos otros judíos lo fueron a lo largo de la historia.

Y entonces volvió la pregunta.

No como acusación, sino como inquietud profunda.

¿Por qué tanta persecución?

¿Por qué ese ensañamiento que atraviesa siglos, imperios, religiones y geografías?

¿Qué había ahí que incomodaba tanto?

No tenía respuestas.

Pero la pregunta ya estaba instalada.

Y, a diferencia de otras, no parecía dispuesta a irse.