Tenía dieciocho años cuando empecé a trabajar y, sin que nadie me lo dijera explícitamente, asumí que ese era el ingreso formal a la vida adulta.
Un escritorio, un horario, un sueldo. Pensé que así empezaba todo.
Dos años después, una noche cualquiera, hice un cálculo simple. Nada sofisticado: papel, birome, números redondos.
El resultado fue incómodo.
Con ese sueldo no iba a poder comprar una casa. Ni siquiera un auto. No en esta vida, al menos no en la mía.
Trabajaba todo el día. Salía cuando todavía había luz y volvía cuando ya no. Desde la oficina caminaba cinco cuadras hasta la facultad, una cercanía que agradecía como si fuera un privilegio. Pero mi casa quedaba a una hora y cuarto. Una distancia que no se medía solo en tiempo, sino en cansancio acumulado.
Los fines de semana eran una pausa breve, más parecida a un suspiro que a un descanso. Un segundo empleo no era una opción: no quedaba energía, ni cabeza, ni margen.
Y ahí apareció algo más pesado que el cansancio: la desesperación.
Me sorprendía a mí mismo pensando en preguntas que no sabía cómo responder.
¿Cómo voy a vivir solo?
¿Cómo voy a mantener una familia?
¿Cómo se progresa desde acá?
Los números no discutían. Eran fríos, exactos, implacables. Según mis cuentas —que quizás eran ingenuas, pero eran honestas— iba a necesitar siglos. Literalmente siglos. Y no tenía tanto tiempo.
Un día pedí un aumento por productividad. No fue una escena dramática. Fue breve, casi administrativa. La respuesta fue no.
Un no prolijo, educado, definitivo.
No fue solo frustración. Fue algo más profundo. Una tristeza espesa, silenciosa.
Sentí, por primera vez con claridad, que alguien más tenía poder sobre mis ingresos. Sobre mi futuro. Sobre el tamaño de mis límites.
Esa noche caminé más despacio. No recuerdo el recorrido, pero sí el peso en el pecho. Era la sensación de estar encerrado en una ecuación ajena.
Estaba por cumplir veinte años cuando tomé una decisión que, en ese momento, no se sintió valiente ni épica. Se sintió necesaria.
Renuncié.
No tenía un plan brillante. Tenía intuición, y a veces eso es lo único que uno tiene.
Con mi hermano Esteban nos sentamos a hablar. No hubo grandes discursos. Hubo miradas largas y silencios compartidos. Decidimos iniciar un proyecto de desarrollo de software.
Del modo más simple posible nació un nombre: LEDATA.
Luis. Esteban. Datos.
Nada de marketing. Nada de estrategia. Solo lo que éramos.
Compramos otra computadora. Una AT, procesador 386, disco rígido de pocos megas, disqueteras de tres y medio. Hoy suena a pieza de museo; en ese momento era una apuesta enorme.
Y empezamos como se empezaba en esa época: con ganas, con intuición y aprendiendo mientras hacíamos.
Tuvimos algunos clientes. Después quedaron menos.
Hasta que quedó uno solo.
Y ahí, sin dramatizarlo, sin decirlo en voz alta, algo se volvió evidente para mí. Una certeza tranquila, casi incómoda: ninguno de los dos era vendedor.
No era un juicio. Era un dato más.
Uno de esos datos que, aunque no sabés todavía qué vas a hacer con ellos, ya no podés ignorar.