Fue en la facultad donde apareció esa oportunidad, como aparecen casi todas las que terminan marcándote: de costado, sin anuncios, en una conversación aparentemente menor.
Un compañero —Daniel— me comentó que tenía un contacto. Una empresa de productos quirúrgicos.
Necesitaban un software. Nada común para la época. Querían mostrar imágenes de sus productos en pantalla. Hoy suena trivial; en ese momento era casi ciencia ficción.
Me llevé esa idea a casa y empecé a investigar. No buscaba grandeza, buscaba que funcionara.
Así apareció Paradox. Un lenguaje del que casi nadie hablaba, pero que parecía tener justo lo que hacía falta. Lo estudié con ansiedad, como quien huele una salida posible.
Nos reunimos en un bar cercano a la facultad. Mesa chica, café tibio. Daniel hablaba con entusiasmo.
Acordamos algo simple: cincuenta y cincuenta, después de gastos.
Yo programaba.
Él vendía.
El reparto parecía justo. En ese momento lo era. Al menos en el papel.
El proyecto se cerró en diez mil dólares. Diez mil.
Recuerdo haberme quedado en silencio unos segundos cuando escuché la cifra. Era una cantidad enorme para esos años. No solo por el dinero, sino por lo que representaba: validación. Existíamos. Alguien estaba dispuesto a pagar por lo que hacíamos.
El pago se hacía por etapas. Cada entrega tenía su ritual: reuniones, ajustes, expectativas.
Yo programaba durante horas largas, absorbido. Implementaba. Ajustaba detalles. Viajaba. Hablaba con el cliente. Respondía dudas. Explicaba lo que nadie pedía que explicara.
Mientras tanto, seguía colaborando con LEDATA. Cuando cobraba mi parte, se la entregaba a mi hermano, casi de manera automática. Como si fuera lo natural. Como si no hubiera otra opción.
Pero algo empezó a moverse adentro. No fue inmediato. Fue una incomodidad lenta, persistente.
Una verdad que no gritaba, pero tampoco se iba.
Yo hacía el trabajo.
Yo sostenía la relación técnica.
Yo daba la cara.
Y cobraba el veinticinco por ciento.
Una tarde, mientras revisaba una pantalla llena de líneas de código, me quedé quieto. Las manos sobre el teclado, la cabeza en otro lado.
No era enojo. Era reconocimiento.
Otra vez me estaba dejando para después. Otra vez me acomodaba en un lugar más chico del que realmente ocupaba.
No lo dije en voz alta. No todavía.
Pero lo supe.
Y cuando uno sabe algo así, aunque intente seguir como si nada, ya no vuelve a ser el mismo.