Fue en una reunión aparentemente rutinaria, de esas que uno cree que ya conoce de memoria. Una mesa amplia, café que se enfría rápido, carpetas abiertas sin demasiado orden. Yo estaba ahí como asesor externo, escuchando, tomando notas mentales, leyendo entre líneas.
En un momento de la conversación, el director hizo un comentario que, al principio, no me llamó la atención. Dijo que entendía que el valor hora de los consultores externos suele ser alto. Lo dijo con tono neutro, casi diplomático. Hasta ahí, nada extraño. Era una frase que ya había escuchado otras veces, en otros contextos.
Pero unos segundos después agregó algo más. Quiso justificar una posible baja comparando mi honorario con el de estudiantes universitarios que —según él— cobraban la mitad por hora.
Ahí algo se acomodó distinto adentro mío.
No respondí de inmediato. No por estrategia, sino porque entendí que no estábamos hablando de números. Si hubiera sido solo eso, la conversación habría sido corta y técnica. Lo que estaba en juego era otra cosa. Una forma de mirar.
Porque no es lo mismo alguien que está aprendiendo, probando, equivocándose por primera vez, que alguien con más de treinta y siete años desarrollando soluciones informáticas. Alguien que ya vio errores repetirse con distintos nombres. Crisis aparecer con disfraces nuevos. Sistemas fallar en el peor momento. Empresas pagar caro decisiones que, en su momento, parecían ahorros inteligentes.
Eso no entra en una planilla.
Pero pesa.
La charla siguió. En otro pasaje, casi como un comentario al margen, mencionó que los días que yo iba a la empresa “comía”, y que eso quitaba tiempo productivo. Lo dijo sin mala intención, estoy seguro. Lo dijo como quien suma minutos, como quien cuenta tornillos.
Y ahí apareció otra reflexión.
El trabajo intelectual no funciona como una línea de montaje. No responde bien a relojes rígidos ni a métricas simplificadas. Muchas veces, las mejores ideas no aparecen frente a la pantalla, con alguien mirando por encima del hombro. Aparecen caminando por un pasillo. En la ducha. Mirando un punto fijo sin pensar en nada. O incluso mientras uno almuerza y escucha conversaciones que, en apariencia, no tienen nada que ver.
Ahí se conectan los puntos.
Ahí aparece la solución que ahorra meses de trabajo.
O evita un problema que todavía nadie ve.
Cuando alguien se enfoca solo en lo pequeño —los minutos, los gestos, las comparaciones lineales— y pierde de vista el impacto, la experiencia acumulada y el valor generado, no está mirando como profesional. Está midiendo con regla corta. No por maldad, sino por límite.
Salí de esa reunión caminando más lento. No estaba enojado. Tampoco decepcionado. Estaba lúcido. Esa conversación me recordó algo importante, algo que con los años uno aprende a aceptar sin resentimiento: no todos saben reconocer el valor de la experiencia.
Y está bien.
Lo verdaderamente importante es que uno sí lo tenga claro.
Porque cuando eso está firme, las comparaciones pierden peso…
y las decisiones se ordenan solas.