Hay frases que uno escucha al pasar y, sin embargo, se quedan a vivir adentro.
No hacen ruido en el momento. No piden atención. Pero con el tiempo se revelan como bisagras.
En aquella empresa había un programa que nadie quería tocar. No porque fuera brillante, sino porque era caprichoso. Cada tanto se colgaba, sin aviso ni explicación. Era obra de otro profesional, alguien que ya no estaba, y eso lo volvía todavía más intocable. Cuando algo fallaba, todos miraban para otro lado y esperaban que, con paciencia, volviera a arrancar.
Un día mi jefe —Raúl— me llamó a su oficina. No levantó la voz ni se puso solemne. Me habló como quien propone algo posible.
—¿Y si lo desarrollás vos?
Lo miré sin responder de inmediato. Sabía de qué hablaba. Sabía lo que implicaba.
No era un reto menor. Requería analizar procesos complejos, crear tablas complementarias al ERP que usaba la empresa, entender flujos que nadie tenía del todo claros. Además, yo ya les desarrollaba planillas en Excel para consultar información del sistema. Eso funcionaba bien, sí. Pero lo que me estaba pidiendo ahora era otra cosa.
Era, en los hechos, reemplazar un software. Viejo, imperfecto, pero software al fin.
Y hacerlo con una planilla de Excel.
Desde el punto de vista técnico, no era lo más elegante. Ni lo más “correcto”. Había lenguajes más adecuados, herramientas pensadas para eso. Excel parecía una solución menor, casi improvisada.
Se lo dije con honestidad. Sin rodeos.
—No sé si estoy capacitado para algo así.
Raúl no discutió. No argumentó. No explicó.
Solo me miró y dijo:
—Dale, vos podés. Confío en vos.
No fue una frase épica. No me dio seguridad inmediata.
Me dio algo distinto.
Responsabilidad.
En ese instante entendí que ya no se trataba solo de si podía o no. Alguien estaba viendo en mí algo que yo todavía no terminaba de asumir. Y cuando alguien te presta esa mirada, aunque sea por un momento, no podés descartarla tan fácilmente.
Al menos tenía que intentarlo.
Me metí de lleno. Horas largas. Análisis cuidadoso. Pruebas que fallaban y volvían a fallar. Planillas que crecían, fórmulas que se encadenaban, tablas que empezaban a dialogar entre sí. Excel dejó de ser una hoja y se convirtió en un sistema.
No fue rápido. Tampoco cómodo.
Pero funcionó.
Funcionó bien.
No solo reemplazó al programa anterior: empezó a dar más información. Más claridad. Más control. Cosas que el software original, escrito en un lenguaje mucho más “correcto”, nunca había ofrecido.
Cuando lo vi en marcha por primera vez, no sentí euforia. Sentí algo más sereno. Una confirmación silenciosa.
Con el tiempo, de esa experiencia me quedaron dos certezas que nunca se borraron del todo.
La primera: la importancia de tener un jefe que sepa ver el potencial de las personas y actúe en consecuencia, incluso antes de que ellas mismas lo vean.
La segunda: que muchas veces lo difícil no fracasa por falta de herramientas, sino por falta de decisión.
La herramienta importa, claro.
Pero el criterio, el análisis… y la confianza, pesan mucho más de lo que solemos admitir.