Los sabios dicen que el instinto no grita.

No discute.

No argumenta.

Aparece apenas un segundo, como una luz mínima que se enciende y se apaga.

Si no la ves en ese instante, se pierde.

Y después… ya es tarde.

En ese momento yo estaba asesorando a una empresa de servicios terapéuticos para niños con dificultades cognitivas. Hacía un poco de todo. Mi recorrido laboral me había llevado, con los años, a sentarme con abogados, contadores, escribanos. A participar en balances, a opinar sobre números, a acompañar decisiones que no siempre me correspondían, pero que sabía afrontar.

Aun así, lo mío era claro. Siempre lo había sido.

Desarrollar soluciones informáticas.

Crear software.

Pensar tableros de control que ordenen, que den claridad, que alivien.

Por esos días me había reencontrado con un amigo de la infancia. De esos vínculos que no necesitan reaprenderse. Conocía a sus padres, a sus hermanos. Habíamos compartido asados largos, charlas que se estiraban hasta tarde, silencios cómodos. Conocía a sus hijos. Incluso lo había acompañado en uno de los momentos más duros de su vida: su divorcio.

Lo escuché cuando no sabía cómo seguir.

Lo aconsejé cuando dudaba.

Le di ánimo cuando parecía no tener fuerzas.

Hablábamos mucho de trabajo. Él era contador. Me contaba cómo resolvía problemas en la empresa donde colaboraba, cómo se apoyaba en los sistemas para mejorar procesos, cómo encontraba atajos sanos dentro de estructuras rígidas. Tenía discurso, experiencia, seguridad.

Un día me dijo que había dejado esa empresa. Que ya no se sentía entusiasmado. Que había pasado a otra. Tiempo después, volvió a dejarla. Esta vez porque tenía roces con los hijos del dueño. Según él, le hacían la vida imposible.

También me contó que tenía un pequeño emprendimiento: un local de regalería.

Ahí apareció algo.

No un juicio.

Una sensación.

Había dejado un trabajo bien remunerado. Estable. Con vacaciones pagas, aguinaldo, previsibilidad. No lo habían despedido. Había renunciado.

Entiendo los conflictos.

Entiendo los roces.

Pero también sé que, a veces, uno evalúa costos y beneficios.

Y algo en esa decisión no me cerró del todo.

Fue un pensamiento breve. Fugaz.

Y lo dejé pasar.

Como él estaba sin trabajo estable y yo estaba ocupándome de tareas que podía hacer, pero que no eran mi propósito —ni lo sentía así—, se me ocurrió unir necesidades. Lo contacté con las dueñas de la empresa. La idea era clara: que ofreciera sus servicios como contador y administrador, con pocas horas semanales. Un colaborador externo. Como un abogado. Como un escribano.

Todo parecía razonable.

Hasta que llegó la pandemia.

El aislamiento preventivo decretado por el gobierno paralizó al país. Y golpeó de lleno a esa empresa. Las terapias eran presenciales. Y dejaron de serlo. Las dueñas intentaron adaptarse. Virtualizar. Sostener. Aun así, muchos niños dejaron de asistir. Muchas empresas, en ese tiempo, desaparecieron.

Nos reunimos en un café. Le expliqué que la situación era incierta, que no sabía cuánto más podría sostenerse su colaboración. Entonces me dijo que había conseguido un trabajo full time, pero que podía seguir colaborando conmigo.

Yo estaba desbordado. Había dejado tareas operativas. No sabía cómo seguir en ese país nuevo que se nos venía encima.

Acepté.

Un sábado, sin aviso, me llamó. Estaba muy enojado. Me acusó de haberle cortado el acceso al sistema. Yo estaba en mi casa. Con mi familia. Con mis hijos. La acusación me tomó por sorpresa.

Dijo que lo desplazaba.

Que lo dejaba afuera.

Uno de los detonantes había sido que una de las dueñas habló directamente con un padre para cobrar facturas muy atrasadas. Yo ya le había dicho que, dadas las dificultades, quizá ellas intentarían cobrar. Y lo lograron.

La llamada terminó mal. Muy mal.

Antes de cortar, lanzó una frase que todavía resuena:

—Ya te vas a enterar de mí.

Tiempo después, llegó la carta documento. Alegaba que era empleado. Y en la Argentina de hoy, muchas veces, no hacen falta demasiadas pruebas para iniciar un juicio.

Más de treinta años de amistad.

Mi intención siempre había sido un ganar-ganar. Él necesitaba trabajo. Yo necesitaba un colaborador. Las reglas fueron claras desde el primer día.

Y fueron quebradas.

Ahí entendí.

Había ignorado esa voz de un milisegundo. Ese instante de iluminación en el que algo dentro mío dijo: acá pasa algo raro. Uno no deja un buen trabajo porque sí.

El instinto lo sabía.

Yo decidí no escucharlo.