Hace unos días, casi sin buscarlo, me crucé en Instagram con un posteo de una profesional de la salud. Estaba dirigido a sus propias colegas, y tenía un tono calmo, firme, sin estridencias. Decía algo simple, casi obvio, pero que no siempre se dice en voz alta: que su trabajo vale. Que lo que hacen las terapeutas acompañando a niños con dificultades cognitivas es importante. Y que ese valor, inevitablemente, debería tener una contrapartida económica justa.

Leí el texto con atención. Me pareció sano. Necesario. De esos mensajes que no atacan a nadie, pero tampoco se esconden.

Después bajé a los comentarios.

Ahí apareció otra escena. Madres enojadas. Algunas muy enojadas. Comentarios escritos con rapidez, con bronca, con frases que se repetían: que las profesionales eligieron ese trabajo, que deberían conformarse con lo que paga el Estado, que “si hacen la cuenta” ganan mucho dinero.

El cálculo era siempre el mismo. Rápido. Lineal.

Ocho horas por día. Veinte días al mes.

En el papel, cerraba.

Pero me quedé pensando en todo lo que no entraba en esa cuenta. En lo que no se ve desde afuera. En lo que rara vez se menciona cuando se habla de dinero ajeno.

No se suele contar el tiempo de viaje entre pacientes y centros. Ni el alquiler de un consultorio, ni su mantenimiento. Tampoco la limpieza, los impuestos, los gastos fijos que llegan atiendas o no. No se considera que muchas de esas profesionales no trabajan en relación de dependencia, que van de un lugar a otro cargando materiales, horarios fragmentados, agendas inestables.

No se dice que si no atienden, no cobran.

Que las vacaciones no se pagan.

Que una enfermedad implica, directamente, ingresos en cero.

Nada de eso entra en el cálculo rápido. No porque sea irrelevante, sino porque exige algo más incómodo: detenerse a mirar la realidad completa del otro.

Y ahí sentí que el problema no era solo económico. Era más profundo. Más cultural. Algo muy nuestro, muy argentino. Esa tendencia a mirar al otro con sospecha. A acusar antes de comprender. A quedarse mirando el propio ombligo, convencidos de que nuestra dificultad justifica cualquier descalificación.

Como si el mundo funcionara en bandos.

Como si siempre hubiera “unos” que ganan demasiado y “otros” que pierden.

Como si reconocer el valor del trabajo ajeno implicara, automáticamente, perder algo propio.

Mientras sigamos pensando así, me dije, va a ser difícil construir algo distinto. Difícil imaginar una comunidad donde el trabajo del otro sea valorado, aunque no sea el nuestro. Donde el cuidado no sea una exigencia unilateral. Donde la empatía no quede reducida a una palabra linda para usar en discursos, sino que se practique, incluso cuando incomoda.

Cerré la aplicación sin comentar nada. No hacía falta.

Algunas conversaciones no se dan en los comentarios.

Se dan adentro.