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Los bandos invisibles
Subtítulo:
Fragmento
Me lo contó una tarde, sin dramatizar, pero con ese tono apagado que aparece cuando algo toca una fibra profunda. No estaba enojado. Estaba desanimado. Que es peor.
Trabaja hace más de treinta años en la misma empresa. Treinta años viendo pasar personas, sistemas, modas de gestión, directores que llegan con fuerza y se van sin dejar rastro. Siempre fue de los que hacen. De los que resuelven. De los que conocen los circuitos no porque los leyeron, sino porque los caminaron.
Un día, en una reunión, un director le propuso a una empleada del área de ventas colaborar en una auditoría interna. La tarea era sensible: revisar distintas áreas de la empresa y detectar posibles “agujeros” en los procesos. Nada menor.
Ella fue honesta. Dijo que su experiencia era exclusivamente comercial. Y agregó algo más. Señaló a mi amigo. Dijo que él llevaba más de treinta años en la empresa, que conocía todas las áreas gracias al uso cotidiano del sistema, que tenía una mirada transversal y una capacidad intelectual más que probada. No lo dijo para quedar bien. Lo dijo porque era verdad.
La respuesta del director fue inmediata. Breve. Sin matices.
—No, porque él es del otro bando.
Cuando mi amigo me repitió esa frase, hizo una pausa. Como si todavía no terminara de entenderla. Porque para él no había bandos. Nunca los había visto. Nunca había jugado a eso. Había colaborado con todas las áreas cuando lo necesitaron. Había ayudado incluso a personas que después se fueron. Nunca se sintió parte de nada que no fuera el trabajo mismo.
De hecho, ni siquiera sabía que existían bandos. Mucho menos que él, sin saberlo, pertenecía a uno.
Ese comentario lo golpeó fuerte. No por el rol perdido, sino por lo que revelaba. Porque en ese instante quedó claro que no se estaba discutiendo idoneidad, ni experiencia, ni el bien de la empresa. Se estaba jugando otra cosa. Algo más chico y más oscuro. Llevar harina al propio costal. Asegurar posiciones. Marcar territorio.
Mientras me hablaba, yo pensaba en cuántas veces pasa esto sin que nadie lo diga en voz alta. En cuántas organizaciones hay personas que trabajan de buena fe, que cumplen, que se comprometen, sin saber que están inmersas en una puja de poder que no eligieron.
Trabajan creyendo que el mérito alcanza.
Que la experiencia pesa.
Que el compromiso se ve.
Y aun así, terminan perjudicadas. No por errores propios, sino por convivir en un ámbito donde las decisiones no se toman desde lo profesional, sino desde lo político, lo personal o lo estratégicamente conveniente para unos pocos.
Cuando una organización empieza a priorizar bandos por sobre capacidades, el daño no es solo individual. Se resiente algo más profundo. Se debilita la confianza. Se apaga la motivación. Y se pierde eso tan difícil de reconstruir una vez roto: el sentido de estar trabajando juntos.
Mi amigo terminó la historia con un gesto cansado. No buscaba consuelo. Solo necesitaba decirlo.
Me quedé pensando en una idea incómoda, pero real. A veces no alcanza con hacer bien las cosas. También hay que entender el tablero en el que uno está jugando… incluso cuando nunca pidió jugar.
. . .
¿Qué vas a encontrar?
Una frase dicha en una reunión revela una realidad invisible para quien solo quería trabajar bien: en algunas organizaciones, los bandos pesan más que la experiencia. Este capítulo reflexiona sobre mérito, política interna y el desgaste que aparece cuando la confianza se reemplaza por territorio.