Los griegos decían que el hombre nace y se hace.

Con los años entendí que ese “hacerse” no ocurre en el vacío. Se construye sobre capas invisibles: decisiones propias, sí, pero también historias heredadas. Miedos que no elegimos. Corajes que nos llegan sin nombre.

Vengo de una familia hecha de contrastes.

Parte temerosa, parte osada.

Parte silenciosa, parte tenaz.

El padre de mi padre fue un italiano que llegó a la Argentina siendo apenas un chico. No venía a conquistar nada. Venía a sobrevivir. En sus primeros años tuvo un mateo, esos carruajes de Buenos Aires tirados por caballos, con filetes pintados a mano. Con el tiempo, ese mismo hombre fue uno de los fundadores de la línea 45 de colectivos. Pasó de llevar personas de a una, a mover multitudes. Sin discursos. Sin épica. Trabajando.

Su esposa, mi abuela paterna, era española. Callada. Tanto, que casi no recuerdo su voz. Vivía con miedo. A perder, a arriesgar, a que todo se derrumbe de golpe. A mi abuelo le ofrecieron ser accionista de una empresa de transporte a la costa atlántica. Era una oportunidad grande. De esas que no se repiten. Pero la rechazó. Dicen que el temor de mi abuela pesó más que la ambición.

Años después, los ahorros de mis abuelos fueron arrasados por una de esas crisis argentinas que no piden permiso. Otra lección temprana, aunque entonces todavía no lo sabía: el esfuerzo no siempre está a salvo de la historia.

Del lado de mi madre, la vida fue más áspera todavía. Mi abuela materna fue madre a los dieciocho años. Poco después, su esposo —el padre de mi mamá— las abandonó. Española, llegada de niña a la Argentina, proveniente de una familia pobre de once hermanos, quedó sola con una hija recién nacida.

Y aun así, no se quebró.

Crió a su hija con rigidez, sí, pero también con responsabilidad. No había espacio para la fragilidad. Había que seguir. Alimentó a mi madre, le dio estudios y, con el tiempo, logró comprarse un departamento pequeño. Nada ostentoso. Pero propio. Un símbolo silencioso de dignidad y perseverancia.

Muchos años después, mi madre se reencontró con su padre. Volvió a su vida trayendo medialunas miniatura, finas y delicadas, cada domingo. Pequeños gestos tardíos, intentando reconstruir algo que el tiempo ya había roto.

De chico, mi abuelo me traía herramientas de la ferretería donde trabajaba. Volvía con herramientas. Me enseñaba electricidad. Yo lo miraba, lo escuchaba, tocaba cables sin entender del todo. Sin saberlo, me estaba enseñando algo más profundo: a no tenerle miedo a lo técnico, a lo práctico, a lo que se aprende con las manos.

Mi padre sabía de contabilidad y costos. Un día me ayudó a desarrollar mi primer sistema de stock. Estaba programado en BASIC, en una Sinclair Spectrum. Ahí se mezclaban números, lógica, curiosidad y futuro. Yo no lo sabía entonces, pero ese cruce iba a acompañarme siempre.

Mi madre, aferrada a la verdad como a un salvavidas, tuvo un negocio de regalías. Después vendía especias y frutos secos a comercios. Trabajo honesto. Constancia. Palabra. Nada sobraba, pero nada se falseaba.

Con los años, mirando hacia atrás, entendí que no empecé de cero.

Empecé sobre una base hecha de miedos heredados, de oportunidades tomadas y otras rechazadas, de crisis que borraron ahorros, de mujeres fuertes, de hombres trabajadores, de silencios largos y esfuerzos cotidianos.

Y también de pequeñas semillas de coraje.

Quizás mi camino —siempre oscilando entre la seguridad y el riesgo, entre la técnica y la fe, entre el miedo y el salto— no sea solo mío. Tal vez sea la continuación de una historia más larga. Una historia donde cada generación hizo lo que pudo con lo que tenía.

Y donde a mí me tocó intentar algo simple y difícil a la vez: transformar el miedo en criterio, la herencia en conciencia, y la historia… en propósito.