Hubo un momento, en esa empresa donde yo colaboraba principalmente como programador, en el que el problema dejó de ser técnico y pasó a ser algo mucho más básico. Mucho más primario.

El flujo de caja.

No era una discusión teórica. Era simple y brutal: pagábamos antes de cobrar.

Y cuando eso se sostiene en el tiempo, la matemática empieza a apretar de una forma que no admite demasiadas interpretaciones.

Éramos partner de HP. Eso nos daba ventajas concretas: impresoras con descuentos importantes y la posibilidad de pagar a sesenta días. En los papeles, el esquema era razonable. Pero la realidad diaria era otra. El dinero salía antes de que entrara, y cada mes se parecía peligrosamente al anterior.

La empresa cuidaba mucho su imagen. Tenía un perfil profesional, sobrio, prolijo. Un estilo que alguien había definido como “fino”. Eso atravesaba todo: desde la forma de vestir hasta cómo se comunicaban los productos. Había una idea clara de cómo debíamos vernos hacia afuera.

Yo miraba el mercado. Caminaba por locales, hojeaba revistas, veía avisos. Y notaba algo que chocaba con ese ideal. Muchas publicidades usaban fotos grandes de productos, círculos llamativos, estrellas, precios resaltados en tipografías gruesas. Para algunos eran efectivas. Para otros —los más exigentes— eran directamente “grasas”.

Estéticamente, no encajaban con nosotros. Ni un poco.

Aun así, algo me hacía ruido. No desde el gusto, sino desde la necesidad. Empecé a pensar en voz alta. Propuse usar ese formato, pero con una condición clara, casi como una cláusula ética personal: precio al contado, en dólares, con margen bajo.

No era una estrategia para ganar mucho.

Era una estrategia para respirar.

Recuerdo la incomodidad en la mesa. No tanto por los números, sino por lo simbólico. Era salirse del molde. Ensuciarse un poco. Aceptar que, tal vez, en ese momento no estábamos para cuidar tanto las formas.

Finalmente lo hicimos.

Y funcionó.

No fue mágico. No resolvió todo de golpe. Pero empezó a entrar efectivo. El flujo se acomodó. Ganamos tiempo. Ese tiempo fue clave para que, más adelante, llegaran ventas más grandes, más alineadas con la estrategia de fondo. Pero sin ese parche inicial, probablemente no hubieran llegado nunca.

Ahí aprendí algo que se me quedó grabado. Que a veces la elegancia es un lujo que solo se puede permitir quien ya sobrevivió. Que el prejuicio estético puede ser caro. Y que, en ciertos momentos, la solución correcta no es la más linda, ni la más refinada, sino la que permite seguir en pie cuando el margen de error ya no existe.

Después habrá tiempo para pulir.

Primero, hay que sostenerse.