Hace unos días Facebook hizo eso que suele hacer sin pedir permiso: me puso delante una foto de más de veinte años atrás.
No era una imagen espectacular. No tenía nada de épica. Estábamos mi socio, yo y el equipo de aquella época, todos con camisetas de la Selección Argentina en pleno Mundial. Una escena simple, casi inocente, congelada en otro tiempo.
Me quedé mirándola unos segundos más de lo habitual. No por nostalgia, sino por reconocimiento. Era yo… pero no del todo.
Empecé a leer los comentarios. Saludos, recuerdos, alguna risa compartida. Hasta que uno me frenó en seco. Decía algo así como:
—Lombardi pidiendo su camiseta, mientras sanoJ ya las había revendido en el mercado negro.
No era especialmente agresivo. Tampoco cariñoso. Tenía ese tono irónico que suele pasar por chiste, pero que a veces deja una marca más profunda de lo que parece.
Lo primero que sentí fue angustia. Una punzada breve, pero nítida. Como si alguien hubiera apoyado un espejo viejo delante mío. No mostraba quién soy hoy, mostraba quién había sido. Y no siempre es cómodo verse así.
Porque, más allá del tono del comentario, había algo cierto en lo que reflejaba.
En ese momento yo era un socio minoritario. Inseguro. Con baja autoestima. Con miedo a incomodar. Buscando aprobación, incluso cuando no la necesitaba. Tratando de encajar, de no quedar afuera, de ser aceptado.
Mi socio, en cambio, era otra cosa. Un líder natural. Comercial. Decidido. De esos que avanzan sin mirar demasiado alrededor. A veces brillante. A veces impulsivo. A veces actuando sin medir del todo las consecuencias.
Esa foto capturaba eso. No lo decía explícitamente, pero estaba ahí. En los gestos, en los roles, en lo que cada uno ocupaba sin saberlo.
Me quedé un rato largo con esa sensación. No era enojo. Era reconocimiento. Y después, casi sin darme cuenta, apareció otra emoción. Más tranquila. Más profunda.
Gratitud.
Porque hoy no soy esa persona.
No desde la negación, sino desde el camino recorrido.
Crecí. Aprendí. Me fortalecí. Me equivoqué muchas veces. Me revisé. Cambié.
No me volví perfecto. Me volví más consciente.
El comentario duele, sí. Porque nadie disfruta que le recuerden una versión frágil de sí mismo. Y sé que hay muchas personas que pueden verse reflejadas en algo así. En una etiqueta ajena. En una burla. En una versión reducida de quiénes fueron en algún momento.
Pero si algo aprendí con los años es esto: no estamos condenados a ser quienes fuimos.
La foto es vieja. El comentario es externo. Lo verdaderamente importante pasa por otro lado.
Pasa por reconocer qué queremos mejorar.
Qué queremos sanar.
Y animarnos, aun con miedo, a evolucionar.
Eso no es inmediato. No es prolijo. No siempre es visible desde afuera.
Pero es posible.
Siempre.