Después de leer sobre Roma durante varios días, empecé a notar algo extraño.

No eran hechos puntuales.

Era una sensación.

Como cuando uno escucha un eco en una habitación amplia y no sabe exactamente de dónde viene el sonido original.

En conversaciones cotidianas aparecían frases sueltas:

“El Estado está cada vez más grande.”

“Siempre pagan los mismos.”

“Si no tenés contactos, no entrás.”

“Total, lo cubren con emisión.”

No eran consignas ideológicas. Eran comentarios de sobremesa. De oficina. De pasillo.

Y lo que me inquietaba no era la discusión política. Era el patrón.

Cuando un sistema empieza a crecer más rápido que su productividad, algo se tensiona. Cuando la carga se concentra en pocos hombros, esos hombros se cansan. Cuando el acceso al poder parece premiar la cercanía antes que el mérito, la confianza se erosiona.

No sucede de golpe.

Sucede en pequeñas concesiones.

Un favor aquí.

Una excepción allá.

Un impuesto más que “por única vez”.

Un subsidio que se vuelve permanente.

Un cargo creado para resolver una urgencia que nunca se desactiva.

Nada parece decisivo por sí solo.

Pero la suma modifica el equilibrio.

En algunas reuniones escuché argumentos sólidos para justificar cada medida. Siempre había una razón inmediata. Siempre una coyuntura que explicaba el paso siguiente. Lo que rara vez aparecía era una conversación profunda sobre el conjunto.

El sistema completo.

A veces me pregunté si el problema no es la falta de inteligencia, sino la repetición. Repetimos estructuras que generan distorsiones, pero esperamos que esta vez el resultado sea distinto.

Esa idea atribuida a Einstein —hacer lo mismo esperando otro desenlace— no es solo una frase ingeniosa. Es una advertencia silenciosa sobre la comodidad de la inercia.

No sé si estamos destinados a repetir la historia. No creo en determinismos lineales. Cada época tiene sus propias variables.

Pero sí creo que los sistemas, cuando olvidan el límite entre crecimiento y equilibrio, comienzan a oscilar.

Y cuando la oscilación se vuelve permanente, la estabilidad deja de ser una certeza y pasa a ser un recuerdo.

No es una profecía.

Es una observación.

Los imperios antiguos dejaron ruinas visibles.

Los sistemas modernos, en cambio, pueden deteriorarse sin columnas caídas ni murallas derrumbadas. Basta con que se pierda la proporción.

Y la proporción, como la confianza, no se impone.

Se sostiene.