Crecí escuchando discusiones que parecían anteriores a mí.

Perón.

Antiperonismo.

Lealtad.

Traición.

Modelo.

Antimodelo.

En sobremesas familiares, en la televisión, en la radio del taxi. El debate tenía algo ritual. Como si cada generación heredara un guion que debía interpretar sin modificar demasiado.

Con el tiempo empecé a leer historia. No para elegir bando, sino para entender contexto. Descubrí decisiones, aciertos, errores, tensiones propias de cada época. Nada era tan simple como el relato binario sugería.

Y sin embargo, décadas después, la conversación pública sigue girando en torno a nombres del pasado.

Me pregunté muchas veces qué ocurriría si un país intentara sostenerse únicamente sobre conquistas históricas. Es como si un italiano pretendiera resolver sus problemas actuales apelando al Imperio Romano. La memoria es valiosa, pero no reemplaza el presente.

A veces tengo la sensación de que el conflicto entre peronistas y antiperonistas se ha convertido en una identidad más que en una discusión de políticas concretas. Como si el adversario fuera una pieza necesaria para que el propio discurso tenga sentido.

El otro define mi postura.

El otro justifica mi enojo.

El otro explica mis fracasos.

Y mientras tanto, los problemas estructurales —inflación persistente, pobreza crónica, deterioro institucional— atraviesan a ambos lados sin pedir permiso ideológico.

No niego que haya diferencias reales entre proyectos políticos. Las hay. Pero el enfrentamiento permanente parece producir más desgaste que soluciones.

He visto dirigentes invocar el legado de líderes históricos con una convicción casi religiosa. Y he visto opositores construir su identidad únicamente en oposición a ese legado. En ambos casos, la referencia al pasado termina ocupando más espacio que el diseño del futuro.

Quizás el verdadero problema no sea Perón ni el antiperonismo.

Quizás sea la incapacidad de salir del eje simbólico para discutir estructuras concretas.

Cuando el debate se convierte en una batalla de memorias, la energía se consume en defender relatos. Y los relatos, por intensos que sean, no estabilizan una economía ni modernizan un sistema educativo.

Leer historia debería ampliar perspectiva, no reducirla.

Tal vez el desafío no sea elegir entre fantasmas.

Tal vez el desafío sea aceptar que ningún nombre del pasado resolverá por sí solo los dilemas del presente.

Porque un país que discute eternamente su ayer corre el riesgo de postergar indefinidamente su mañana.