La primera vez que escuché a alguien decir que el Impuesto a las Ganancias era “igual para todos”, sentí una incomodidad leve. No supe explicarla en ese momento. Solo quedó ahí, como un pequeño ruido de fondo.

Fue en una reunión con Martín, un cliente autónomo que llevaba años trabajando por su cuenta. Estábamos sentados frente a una planilla abierta en la computadora. Números prolijos. Columnas ordenadas. Ingresos. Gastos. Retenciones.

Martín miraba la pantalla con una mezcla de resignación y cansancio.

—Decime algo —me dijo—. ¿Yo pago por lo que gano… o por lo que facturo?

La pregunta parecía técnica. Pero no lo era.

Las empresas tributan sobre la diferencia entre lo que venden y lo que gastan. Es una lógica bastante simple: ingreso menos costo, igual resultado. Nadie discute demasiado ese principio cuando se trata de sociedades comerciales.

Pero cuando la conversación se traslada a personas físicas, el esquema empieza a tensarse.

Un empleado tiene un sueldo.

Un autónomo tiene facturación.

Ambos tienen gastos.

Alquiler.

Servicios.

Herramientas de trabajo.

Comida.

Movilidad.

Sin embargo, el sistema suele mirar el ingreso con lupa… y los gastos con desconfianza.

Mientras revisábamos los números, pensé en algo que había leído alguna vez de Einstein: repetir lo mismo esperando un resultado distinto es una forma elegante de describir la obstinación. En materia tributaria, muchas veces insistimos en estructuras que generan malestar, pero esperamos que, por alguna razón misteriosa, produzcan equidad.

No suele ocurrir.

Con el tiempo empecé a preguntarme si el problema no estaba en la base conceptual. Si no estábamos confundiendo ingreso con ganancia.

Una persona no vive de su ingreso bruto. Vive de lo que queda después de sostener su estructura mínima de funcionamiento. Igual que una empresa.

Cuando el sistema ignora esa diferencia, algo se desbalancea. No de manera ruidosa. Más bien silenciosa. Se instala una sensación de injusticia que no siempre deriva en protesta… pero sí en distanciamiento.

Y cuando aparece el distanciamiento, aparece también la tentación de bordear la norma.

No como acto heroico.

Como mecanismo defensivo.

Imaginé alguna vez un sistema distinto. Uno en el que cada gasto documentado, cada servicio formalmente contratado, cada factura nacional, pudiera integrarse al cálculo. No como beneficio discrecional, sino como parte natural del proceso.

Quizás ampliaría la base.

Quizás formalizaría actividades que hoy viven en los márgenes.

Quizás distribuiría la carga con mayor suavidad.

No tengo la certeza técnica absoluta. Tampoco la pretensión de diseñar un modelo definitivo.

Pero cada vez que escucho a alguien decir que “ganancias es lo que hay”, recuerdo la mirada de Martín frente a la pantalla.

Y vuelvo a esa pregunta simple, que parecía técnica pero no lo era:

¿Estamos gravando la ganancia…

o estamos gravando la necesidad de sostenerse?

La respuesta, como casi todo lo estructural, no depende solo de números.

Depende de cómo entendemos a las personas dentro del sistema.