La palabra confianza siempre me sonó simple. Casi ingenua.
Como si fuera algo que se da por sentado, como el aire. Uno no lo piensa… hasta que empieza a faltar.
Recuerdo una conversación con Ricardo, un viejo contador con el que trabajé muchos años. Estábamos en su oficina, una de esas oficinas con muebles de madera oscura y carpetas apiladas en torres inestables. Afuera llovía. Adentro, el café se enfriaba mientras hablábamos de impuestos.
—El problema no son los impuestos —me dijo, acomodándose los anteojos—. El problema es que nadie confía en nadie.
En ese momento no respondí. Me quedé mirando la ventana. Pensé que era una frase cómoda. Una de esas generalizaciones que se dicen cuando el sistema parece demasiado grande para comprenderlo.
Pero con los años entendí que no era tan simple.
En algunos viajes de trabajo me tocó ver otra cosa. Sistemas más sencillos. Formularios más breves. Reglas que cabían en pocas páginas. No era magia. No era perfección. Era algo más sutil: una presunción de cumplimiento. Como si el punto de partida fuera creer que el otro va a hacer lo correcto.
En Argentina, en cambio, el punto de partida suele ser el opuesto.
Cuando uno crece escuchando historias de corrupción, de negociados, de privilegios concedidos desde despachos cerrados, algo se instala. No hace falta que nadie lo explique. Se aprende en la sobremesa, en los comentarios al pasar, en ese tono resignado con el que se habla de “los de arriba”.
Entonces el sistema se vuelve más complejo. Más controles. Más percepciones. Más retenciones. Más formularios. Como si la ley intentara compensar una grieta invisible.
A veces me pregunté qué vino primero.
Si la desconfianza generó el exceso de reglas.
O si el exceso de reglas terminó consolidando la desconfianza.
Nunca encontré una respuesta definitiva.
Lo que sí aprendí, en empresas y en vínculos personales, es que la confianza no se decreta. No se diseña en un escritorio. No se imprime en el Boletín Oficial.
Se construye.
Y siempre empieza por gestos concretos. Pequeños. Sostenidos. Observables.
En los equipos donde trabajé y sentí que las cosas fluían, no había discursos grandilocuentes. Había coherencia. La palabra coincidía con el acto. El límite era claro. La norma era simple.
Cuando eso no ocurre, el sistema se vuelve pesado. Y el peso no siempre es fiscal. A veces es emocional.
Con el tiempo dejé de pensar la confianza como un concepto político o económico. Empecé a verla como una condición humana. Una base silenciosa. Algo que, cuando está, casi no se nota. Pero cuando falta, obliga a levantar murallas.
Y las murallas, aunque protejan, nunca construyen comunidad.
No tengo una fórmula para cambiar un país.
Ni siquiera estoy seguro de entenderlo del todo.
Pero cada vez que veo un sistema excesivamente complejo, sospecho que detrás hay algo más profundo que un problema técnico.
Hay una herida.
Y mientras esa herida no cicatrice, cualquier reforma será apenas una capa nueva sobre una estructura que sigue desconfiando de sí misma.