La pileta
María soñaba con una pileta desde que se mudó al barrio.
No por lujo.
Por memoria.
De chica, los veranos tenían olor a cloro y tardes largas. Había algo en el agua que le daba la sensación de pausa, de familia reunida, de tiempo suspendido. Cuando compró la casa —sin pileta— se prometió que algún día la construiría.
Cuatro años después, el “algún día” se volvió posible.
Contrató a Ignacio, un arquitecto prolijo, de esos que hablan con calma y transmiten seguridad. Él se encargaría de todo: planos, administración del barrio, municipalidad. María solo debía esperar.
Octubre parecía un buen mes para empezar.
Los primeros correos iban y venían entre Ignacio y la administración del barrio cerrado. María estaba en copia. Leía cada intercambio con atención creciente. Las expensas eran elevadas, el reglamento extenso, las observaciones minuciosas.
Nada era imposible.
Pero nada era inmediato.
La habilitación del barrio llegó después de varias semanas. No hubo celebración. Solo un pequeño alivio.
Faltaba la municipalidad.
Cuando el trámite comenzó a demorarse, decidieron ir personalmente. La sala de espera era amplia y silenciosa. Ignacio, mientras aguardaban, respondió algunos mensajes en su celular. Una empleada apareció casi de inmediato.
—No se pueden sacar fotos.
Ignacio levantó la vista, sorprendido. Mostró la pantalla. Solo texto. Nada más.
María observó alrededor. Algunos empleados conversaban distendidos, mate en mano, medialunas abiertas sobre el escritorio. No era una escena dramática. Era cotidiana.
Una semana después llegó la habilitación.
Fue rechazada.
Decía “obra nueva” en lugar de “obra de ampliación”.
Volvió a la municipalidad.
Días después regresó otra versión.
Año 2016.
Era 2021.
La tercera finalmente fue correcta.
Enero ya asomaba.
Con los papeles en regla, comenzaron a cavar. María pensó que ahí terminarían los obstáculos. Pero el ritmo cambió de escenario, no de naturaleza.
La empresa tardó varios días en confirmar si la máquina podía ingresar al lote. Cuando por fin empezó el trabajo grueso, apareció la fase más lenta.
Un día llegaban al mediodía.
Otro día se retiraban temprano.
Alguno debía vacunarse.
Otro tenía un compromiso.
Entre tareas, conversaciones largas. Temas que se abrían y no cerraban. El tiempo parecía dilatarse bajo el sol.
María no era impaciente por naturaleza. Pero empezó a mirar el calendario con frecuencia.
Enero avanzaba.
El hueco estaba listo.
La estructura a medio terminar.
Por las noches, sentada en la galería, miraba el terreno removido. No sentía enojo. Tampoco sorpresa. Era algo más sutil.
Una comprensión lenta.
Construir algo —incluso algo pequeño, doméstico, íntimo— requiere atravesar capas de sistemas. Públicos y privados. Reglamentos, firmas, tiempos ajenos, criterios distintos.
Nada se detiene por un solo motivo.
Cuando finalmente la pileta estuvo lista —más tarde de lo imaginado— el agua llenó el espacio con una calma que no había estado presente durante el proceso.
Los chicos se metieron sin pensar en habilitaciones, formularios ni correcciones de fechas.
María los miró desde el borde.
El verano había llegado igual.
Y mientras el agua reflejaba el cielo, pensó que a veces el deseo no se enfrenta a un gran obstáculo, sino a una sucesión de pequeñas demoras que, acumuladas, ponen a prueba algo más profundo que la paciencia.