El primo abrió la puerta con una energía distinta ese día.
—Venís justo —dijo—. Papá me compró la Play.
La palabra flotó en el aire como un trofeo. En el living, la caja todavía estaba apoyada sobre la mesa baja. Nueva. Promesa de mundos desconocidos.
El Niño —nueve años, curiosidad intacta— miró la consola como quien observa algo prohibido y fascinante al mismo tiempo. En su casa no había videojuegos. Sus Padres habían decidido que no. No por desconfianza extrema. Más bien por intuición.
Antes de sentarse a jugar, pidió permiso. La escena fue breve.
—¿Puedo?
Los Padres intercambiaron una mirada rápida. No querían convertir cada experiencia en una batalla cultural. Pensaron que unos minutos no cambiarían nada.
Los minutos se volvieron horas.
Pantallas brillantes. Sonidos intensos. Niveles superados. Competencia amistosa. Risas. Concentración absoluta. El tiempo, como suele ocurrir frente a una pantalla, perdió proporción.
Al salir, el cielo estaba más oscuro de lo que esperaban.
En el auto, el Padre preguntó con tono neutro:
—¿Te gustó?
El Niño tardó en responder. Miró por la ventana unos segundos.
—No sé… —dijo finalmente—. Me siento raro. Como triste. Como vacío. Siento que no aprendí nada.
La frase quedó suspendida en el habitáculo.
El Padre no esperaba esa respuesta. Recordó, casi con pudor, una experiencia propia años atrás. Una noche en que, por curiosidad, jugó durante horas. La sensación al apagar la consola había sido similar. No era culpa. Era algo más difuso. Una especie de energía consumida sin dirección clara.
No dijo nada más. No hubo sermón. No hubo discurso sobre pantallas y creatividad.
Solo silencio.
En los días siguientes, el Niño volvió a sus juegos habituales. Construcciones improvisadas. Historias inventadas. Bicicleta. Dibujo. Peleas imaginarias con espadas hechas de cartón.
Los videojuegos no eran enemigos declarados. Tampoco eran protagonistas.
Eran una experiencia más.
Quizás el tema no sea la tecnología en sí. La tecnología siempre estuvo presente, de una forma u otra. Lo que cambia es la intensidad, la facilidad de acceso, la capacidad de capturar atención.
A veces me pregunto si el desafío no es prohibir o permitir.
Es observar.
Observar cómo se siente un niño después.
Qué tipo de energía deja cada actividad.
Qué despierta.
Qué apaga.
Porque el desarrollo no se mide solo en habilidades técnicas. También se mide en profundidad emocional, en imaginación, en capacidad de aburrirse sin desesperar.
Aquella tarde no definió una postura definitiva. Pero dejó una sensación clara.
No todo lo que entretiene nutre.
Y no todo lo que es moderno desplaza lo esencial.
A veces, la respuesta está en esa frase simple que un niño pronuncia sin intención pedagógica:
“Me siento vacío.”
Y en la disposición adulta de escucharla sin exagerarla… pero sin ignorarla.