La primera vez que ayudé a alguien a abrir una PyME, la conversación no giró en torno al producto. Ni al mercado. Ni a la estrategia.

Giró en torno a formularios.

Marcos y Lucía querían fabricar equipamiento sencillo. Tenían energía, algo de capital ahorrado y esa mezcla de entusiasmo y temor que acompaña todo inicio. Cuando empezamos a hacer números, apareció el primer obstáculo invisible.

La maquinaria costaba dos millones de pesos.

—Bueno —dijo Marcos—, el IVA después se compensa, ¿no?

Sí. Se compensa.

Pero no inmediatamente.

Porque para compensar hay que vender.

Y para vender hay que producir.

Y para producir hay que invertir primero.

El sistema no es injusto por definición. Es complejo. Y la complejidad, cuando se acumula, empieza a parecer hostil.

IVA.

Ingresos Brutos.

Retenciones.

Percepciones.

Jurisdicciones distintas.

Coparticipaciones.

Cada impuesto tiene una lógica. Cada norma, una historia. Pero el conjunto termina pareciéndose más a un laberinto que a una estructura clara.

He visto emprendedores que no fracasan por falta de talento ni por falta de mercado. Se agotan en la administración del sistema. En los cálculos cruzados. En las anticipaciones impositivas que se pagan antes de haber consolidado ingresos.

Y entonces surge la pregunta incómoda:

¿El diseño tributario está pensado para facilitar el nacimiento de nuevas empresas… o para administrar las que ya existen?

A veces imagino un sistema más directo. Donde el impuesto grave la venta final y no cada eslabón intermedio. Donde la jurisdicción que recibe el dinero sea la misma que presta el servicio público. Donde el cálculo no requiera interpretaciones cruzadas ni ajustes interminables.

No es ingenuidad. Sé que toda simplificación tiene costos y resistencias. Pero también sé que los sistemas simples suelen generar más confianza.

Cuando la regla es clara, el contribuyente puede anticipar.

Cuando la carga es previsible, el riesgo se calcula mejor.

Cuando la recaudación es transparente, la relación cambia.

No se trata de pagar menos necesariamente.

Se trata de entender mejor.

He aprendido que en economía —como en programación— los sistemas demasiado complejos tienden a generar errores, parches y excepciones acumulativas. Cada corrección agrega una capa más, hasta que nadie recuerda la arquitectura original.

Quizás la pregunta no sea cuánto recauda el Estado.

Quizás la pregunta sea si el diseño facilita producir… o termina desalentándolo.

Porque cuando el emprendedor pasa más tiempo descifrando el sistema que desarrollando su proyecto, algo del potencial queda atrapado en el laberinto.

Y los laberintos, por definición, no fueron diseñados para que sea fácil salir.