A veces las oportunidades importantes no llegan con anuncios ni promesas.
Aparecen en una conversación casual, en un pasillo de la facultad, o en un café tibio sobre una mesa pequeña.
Así empezó mi primer proyecto serio de software.
Una empresa necesitaba algo que, para la época, parecía casi ciencia ficción: mostrar imágenes de sus productos quirúrgicos en una computadora.
El proyecto se cerró en diez mil dólares.
Una cifra enorme para mí en ese momento.
Pero mientras el trabajo avanzaba y las horas de programación se acumulaban, apareció una incomodidad silenciosa.
Yo hacía el trabajo.
Yo hablaba con el cliente.
Yo resolvía los problemas.
Y cobraba solo el 25%.
A veces el aprendizaje más profundo de un proyecto no está en la tecnología…
sino en el momento en que uno descubre el lugar que está ocupando.