Hay errores que no se ven en el momento.

Quedan ahí… en silencio.

Como si no hubieran pasado.

Hasta que un día, años después, alguien aparece…
y sin decir nada especial, te obliga a mirar distinto.

La conversación puede ser normal.
Incluso amable.

Pero algo cambia.

Y de golpe entendés algo que antes no habías querido ver.

No es cómodo.
No es rápido.

Y tampoco siempre hay forma de arreglarlo.

Porque hay cosas que sí se pueden decir…
y otras que llegan tarde.

Demasiado tarde.

Ahí aparece una pregunta incómoda:

¿qué hacés cuando ya entendiste… pero la oportunidad ya no está?