Hay algo que en Argentina casi nunca se habla de frente.
Nos gusta decir que el problema es el gobierno,
los empresarios,
los sindicatos,
los políticos,
los ricos,
los pobres.
Siempre otro.
Pero en la vida cotidiana todos convivimos con una versión pequeña del mismo mecanismo.
No en grandes escándalos.
En cosas mínimas.
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El que no pide factura para pagar menos.
El que usa un contacto para adelantar un turno.
El que estaciona en doble fila “un minuto”.
El que cobra un plan y trabaja en negro.
El que acomoda a un familiar en un puesto.
El que justifica al que roba si le resuelve algo.
No lo llamamos corrupción.
Lo llamamos ser vivo.
La palabra es importante.
Porque “corrupción” suena grave.
“Ser vivo” suena inteligente.
Y así la conducta cambia de significado sin cambiar de forma.
El que cumple siempre no parece correcto.
Parece ingenuo.
Admiramos al que logra evitar el obstáculo.
Esto no nació de la nada.
Durante décadas el sistema enseñó que seguir la regla no garantiza estabilidad.
Entonces cada persona desarrolló su propio seguro: la ventaja personal.
El problema es que, cuando todos lo hacen, deja de ser defensa individual y pasa a ser estructura colectiva.
La norma deja de ser un piso común
y se vuelve un límite a esquivar.
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Por eso muchas discusiones públicas son extrañas.
Queremos un país ordenado
pero celebramos al que se adelanta en la fila.
Pedimos igualdad
pero buscamos excepción.
Exigimos honestidad
pero justificamos al que “roba poco”.
El problema no es moral en abstracto.
Es práctico.
Una sociedad donde cada uno intenta resolver por su lado no puede construir confianza general.
Sin confianza no hay acuerdos largos.
Sin acuerdos largos no hay inversión estable.
Sin estabilidad todo vuelve a empezar.
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Entonces aparece el círculo.
La gente no confía porque el sistema es incierto.
El sistema es incierto porque la gente no confía.
Nadie se siente culpable.
Todos se sienten prudentes.
Y el resultado es el mismo.
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No es un defecto individual aislado.
Es un comportamiento aprendido.
Pero aprender algo no lo vuelve inocuo.
Un país puede sobrevivir con esa lógica.
Lo que no puede es progresar sostenidamente.
Porque el progreso necesita reglas que valgan igual para desconocidos.
No para amigos.
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Ahí aparece la crudeza.
No estamos estancados solo por malas decisiones económicas.
Estamos estancados porque nuestras conductas cotidianas destruyen el terreno común que permitiría que una buena decisión funcione.
El problema no es quién gobierna.
Es qué esperamos nosotros de la regla.
Mientras la veamos como un obstáculo personal
y no como un acuerdo colectivo,
cualquier modelo que adoptemos va a deformarse.
No porque esté mal diseñado.
Porque no coincide con lo que realmente hacemos.