Hay momentos en que un país se revela más en sus gestos que en sus leyes.
Recuerdo las imágenes del velatorio de Maradona en plena pandemia.
Durante meses nos habían pedido distancia, cuidado, encierro.
Sin embargo, ese día una multitud ocupó las calles para despedirlo.
No era una discusión sanitaria.
Era otra cosa.
El gobierno acompañó la decisión.
No porque fuera prudente, sino porque era imposible oponerse a la emoción colectiva.
A veces el poder no guía a la sociedad.
La sigue.
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Poco tiempo antes había recordado otra historia muy distinta.
René Favaloro, un médico reconocido en todo el mundo, había creado una fundación para atender personas y desarrollar medicina de calidad.
Terminó sus días solo, agotado, pidiendo ayuda que nunca llegó a tiempo.
Más allá de las explicaciones, quedó algo más fuerte que los detalles:
la sensación de que un hombre que intentó hacer bien las cosas no encontró dónde apoyarse.
Dos despedidas separadas por años mostraban algo más profundo que los hechos mismos.
Una multitudinaria.
La otra en silencio.
No es un juicio moral sobre personas.
Es una pregunta sobre nosotros.
A quién protegemos espontáneamente
y a quién dejamos librado a su suerte.
La historia argentina tiene ejemplos repetidos de ese contraste.
Desde los tiempos del puerto de Buenos Aires el progreso muchas veces dependió menos de producir que de vincularse.
Conseguir un permiso, una excepción, un acceso.
Cuando importar era difícil, prosperaba el que tenía llegada.
Cuando algo escaseaba, sobrevivía quien conocía a alguien.
No siempre el más eficiente.
Frecuentemente el mejor conectado.
Así se fue formando un aprendizaje silencioso:
la seguridad no estaba en la norma, estaba en el vínculo.
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Eso no crea necesariamente corrupción individual.
Crea desconfianza colectiva.
Si el sistema parece incierto, la persona busca protección cercana.
El amigo, el contacto, el favor.
No es cinismo.
Es adaptación.
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Hace poco vi una entrevista a un joven muy conocido en redes, Santiago Maratea.
Organiza colectas para ayudar a personas con problemas urgentes.
En la nota se discutía una campaña que no había podido resolverse completamente.
Aparecieron críticas, acusaciones, interpretaciones.
No importaba tanto el caso puntual.
Importaba la reacción.
La discusión se volvió rápidamente personal.
Alguien explicaba.
Otro sospechaba.
Otro acusaba.
Como si la ayuda necesitara probar inocencia.
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Ahí apareció de nuevo la misma lógica.
La sospecha nace más rápido que la confianza.
La intención se cuestiona antes que el resultado.
Y, al mismo tiempo, el atajo suele justificarse si parece útil.
Escuché muchas veces una frase:
“roba pero hace”.
Nunca fue una defensa ideológica.
Fue una forma de resignación.
Preferir un beneficio inmediato aun sabiendo que el sistema se debilita a largo plazo.
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Cuando las reglas parecen frágiles, la persona admira al que logra atravesarlas.
Cuando las reglas parecen firmes, no hay héroes que burlen el sistema. La admiración se desplaza hacia quien las respeta, porque entiende que respetarlas es cuidar el marco que nos permite convivir.
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Por eso algunos quedan solos y otros acompañados.
No porque la sociedad no distinga el bien del mal.
Sino porque prioriza lo que cree posible.
El héroe no siempre es el ejemplar.
A veces es el que sobrevive al sistema.
Y el que intenta ordenarlo puede resultar extraño, incluso incómodo.
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Ese día entendí que la pregunta no era por qué pasan estas cosas.
La pregunta era qué tipo de seguridad aprendimos a buscar.
Si la confianza está en la norma, cuidamos la norma.
Si está en las personas, cuidamos a quienes nos resuelven el problema.
Y así una sociedad va eligiendo, sin decidirlo del todo,
a quién convertir en símbolo
y a quién dejar en silencio.