Hace poco recordé una frase que había leído en uno de los libros de Alexandros, de Valerio Massimo Manfredi, atribuida a Alejandro Magno:

“Los presagios, más que predecir el futuro, lo generan.”

No sé si esas fueron exactamente las palabras, pero la idea quedó conmigo.

Y pensé en algo mucho más cercano que una batalla, un oráculo o un emperador: las relaciones.

A veces, sin darnos cuenta, presagiamos el futuro de las personas que tenemos al lado.

“Eso no te va a salir bien.”

“Vas a terminar arrepintiéndote.”

“Ya vas a ver cómo termina.”

“No creo que puedas sostenerlo.”

Muchas veces esas frases no nacen de la maldad.

Pueden surgir del miedo, de experiencias anteriores, de frustraciones, de angustias o de heridas que todavía llevamos con nosotros.

El problema aparece cuando dejamos de hablar de lo que sentimos nosotros y empezamos a anunciar lo que supuestamente le va a ocurrir al otro.

No es lo mismo decir:

“Tengo miedo de que esto salga mal.”

que decir:

“Esto te va a salir mal.”

En la primera frase reconozco mi temor.

En la segunda convierto mi temor en el futuro del otro.

Y cuando esas palabras vienen de alguien importante, de alguien a quien amamos o cuya opinión valoramos, pueden pesar mucho más de lo que imaginamos.

Tal vez no determinen el futuro, pero pueden condicionar.

Pueden sembrar dudas.

Pueden erosionar la confianza.

Pueden hacer que una persona empiece a mirar sus decisiones a través de los miedos de otro.

Jung habló de la proyección: muchas veces vemos afuera aquello que no logramos reconocer o elaborar dentro de nosotros.

Quizás también proyectamos futuros.

Ponemos sobre los demás nuestros propios temores, nuestras experiencias y nuestras frustraciones, y terminamos describiendo como destino algo que en realidad pertenece a nuestra propia historia.

Por eso creo que una de las formas más importantes de cuidar a alguien es aprender a distinguir entre una advertencia sincera y una profecía nacida de nuestros propios miedos.

Acompañar no significa asegurar que todo va a salir bien.

Tampoco significa callar frente a un riesgo real.

Significa poder decir:

“Esto me preocupa.”

“Tengo miedo de que pueda pasar esto.”

“Quiero contarte cómo lo veo.”

Sin convertir esa preocupación en una sentencia.

Porque hay palabras que ayudan a pensar y hay palabras que empiezan a construir aquello que anuncian.

Quizás por eso deberíamos ser especialmente cuidadosos con los futuros que pronunciamos sobre las personas que amamos.

No convertir nuestros temores en profecías sobre la vida de quien tenemos al lado.