Hay momentos en los que el problema deja de ser técnico…
y se vuelve algo mucho más simple.
Más incómodo.
La plata.
Todo parecía ordenado.
Estrategia, imagen, decisiones bien pensadas.
Pero había algo que no cerraba.
Algo que no se veía en los informes… pero se sentía todos los meses.
Y cuando eso pasa, ya no alcanza con hacer las cosas “bien”.
Hay que decidir otra cosa.
Algo que, incluso, puede ir en contra de lo que uno cree correcto.
La propuesta fue incómoda.
No por los números.
Por lo que implicaba.
Porque a veces, para sostenerse, hay que hacer algo que no te representa del todo.
Y ahí aparece la tensión:
seguir siendo fiel a la idea…
o hacer lo necesario para no caer.
No fue una decisión elegante.
Pero fue suficiente.
Y en ese momento entendí algo que no siempre se dice:
hay decisiones que no están hechas para gustar…
están hechas para sobrevivir.